El verraco de Ortigosa, una escultura nueva para una costumbre vieja

En Ortigosa de Rioalmar hay un verraco que no tiene dos mil años. Es una pieza de hoy, se donó al pueblo y hoy es su símbolo.
Conviene decirlo claro desde el principio, porque es fácil confundirse. El verraco de Ortigosa es una pieza moderna. No la talló un cantero vetón ni salió de una excavación. Alguien la donó al pueblo con la idea de que se quedara allí, como homenaje a una tradición que en la provincia de Ávila tiene muchos siglos, y los vecinos la han adoptado como algo suyo.
Por qué un verraco nuevo
Los verracos antiguos están protegidos, y con razón. Cuando aparece uno, se estudia, se documenta y muchas veces acaba en un museo o en un lugar donde se pueda vigilar. Un pueblo que quiera tener su verraco en la plaza no puede ir al campo a buscarlo.
Lo que sí puede hacer es encargar o recibir uno nuevo, tallado en piedra y con la forma de siempre. Es lo que ha pasado en Ortigosa. El resultado no engaña a nadie sobre su edad, y tampoco lo pretende: es una manera de decir que esa costumbre de poner un animal de piedra en el paisaje sigue teniendo sentido aquí.
La web del municipio de Manjabálago y Ortigosa de Rioalmar lo explica con estas ideas: el verraco se donó para que permaneciera en el pueblo, como recuerdo de su historia y como símbolo que comparten vecinos, descendientes y visitantes.
Cómo se distingue uno nuevo de uno antiguo
Ponerse delante de una pieza moderna ayuda a entender las antiguas. Algunas diferencias saltan a la vista.
- Las aristas. En un verraco recién tallado, los bordes de las patas, las orejas o el hocico están vivos. En uno de dos mil años, el agua, la helada y el viento los han redondeado hasta dejarlos casi borrados.
- La superficie. La piedra nueva tiene el color claro del granito recién cortado. Con los años se oscurece, se mancha y se cubre de líquenes, que en los verracos antiguos forman costras de colores.
- Las marcas de herramienta. En una talla moderna pueden verse las huellas del cincel o de la máquina. En las antiguas, el desgaste las ha hecho desaparecer casi siempre.
- El lugar. Un verraco antiguo que sigue en su sitio está en un prado o junto a un camino. Uno nuevo suele estar donde el pueblo ha decidido ponerlo, en una plaza o a la entrada.
Dentro de un par de siglos, el de Ortigosa tendrá también líquenes y bordes gastados. Será entonces cuando se parezca de verdad a sus antecesores.
El pueblo alrededor
Ortigosa está a orillas del río Almar, que acaba en el Tormes, en plena Sierra de Ávila. Forma municipio con Manjabálago. Además del verraco, tiene la iglesia de San Andrés, el palacio de Catalina del Águila, donde vivió un tío de santa Teresa, y los Cantos Blancos, un paraje de piedra cerca del pueblo.
Con todo eso, el verraco es lo que el propio pueblo ha elegido como imagen. Un animal de piedra, como los que dejaron los vetones, puesto en el pueblo por gente de hoy.
Si vais a verlo
Si no lo encontráis, preguntad a cualquier vecino. Tratad la escultura como cualquier otro verraco: mirad, fotografiad, rodeadla, y no os subáis encima. Que sea nueva no significa que haya que estropearla para que parezca vieja antes de tiempo.